Es por tu mirada, que, de un momento a otro, se vuelve de vacía a feroz. Por eso te temen. No les impacta el ceño fruncido, pero saben que hay algo detrás de ese iris tan azul y esas pupilas negrísimas. Les da terror y agachan la cabeza ante tu mirada de hielo. No sospechan nada. Nadie sabe nada. No entienden que lo que ven es solo dolor. Agudo y punzante. Mejor así. La mayoría de ellos no podría vivir si supiera la verdad. Ay, la verdad. Esa amenemiga tuya. Siempre presente, pero nunca entera. Y mientras, sigues quemándote por dentro y helando por fuera.

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