Es por tu mirada, que, de un momento a otro, se vuelve de vacía a feroz. Por eso te temen. No les impacta el ceño fruncido, pero saben que hay algo detrás de ese iris tan azul y esas pupilas negrísimas. Les da terror y agachan la cabeza ante tu mirada de hielo. No sospechan nada. Nadie sabe nada. No entienden que lo que ven es solo dolor. Agudo y punzante. Mejor así. La mayoría de ellos no podría vivir si supiera la verdad. Ay, la verdad. Esa amenemiga tuya. Siempre presente, pero nunca entera. Y mientras, sigues quemándote por dentro y helando por fuera.
Por fin consigues arrancar aquella hoja del diario de tu pensamiento. Enfocas la mirada en otra cosa, descentrándote de ti mismo, apartándote del maldito ombligo del mundo. Las gotas caen, pero no te mojas. Te vuelcas con otras cosas, otras personas, otros momentos; te distraes. En el centro de la mesa no hay nada tuyo; casi desapareces. Y a veces olvidas la página maldita. Pero cuando menos lo esperas, la rebaba que dejaste al arrancar la hoja aparece ante tu ojo interno. Recuerdas perfectamente su contenido, por mucho que ya no esté. Todo aquello fue demasiado grande para ti. Justamente para ti, que no tienes miedo de nada ni de nadie, y mucho menos de la verdad. Pero aquello fue demasiado grande. Y tu corazón palpita como un pájaro loco que lleva demasiado tiempo encerrado en tu pecho. Piensas en una sola mañana y te ahoga el dolor del recuerdo. Quiere salir, sí, el pájaro quiere salir y que se acabe su cautiverio. Tú también quieres eso. Que se acabe ya. Pero no se acaba, aunque siempre consigas volver en ti, calmar al pájaro y centrarte en otra cosa, otra persona, otro momento. Hasta ahora. Casi no se nota tu mirada vacía, pero eso es porque los otros no te ven. Creen que no sabes nada cuando son ellos los ciegos.

***




El faro

Anduvo por la playa. Ya estaba oscureciendo y vio que una lucecita roja parpadeaba en lo alto del faro. Fijó su mirada en aquella luz que se encendía y se apagaba como el latido de un corazón desbocado y, de repente, solo pensaba en llegar hasta allí. Era una meta cualquiera. Pero para ella era la Meta, la meta con mayúscula, porque hacía mucho que no tenía ninguna. Se acabó. Eso de vivir como si diera igual que todos los días se parecieran tanto entre sí que casi eran uno solo, un solo día interminable. «El faro, solo tengo que llegar al faro». Después, todo lo demás también sería posible. Todo. Un paso, otro y otro más. Intentaba que su cabeza se vaciase, que su cerebro dejase de bailar en torno a lo mismo una y otra vez. Había viajado hasta aquí para lograr precisamente eso. Pero nunca se le había dado bien no pensar en nada. Procuró centrarse en el faro, en la luz parpadeante, en la luna, en el agua que a su lado chocaba contra las rocas, en el olor salado del mar. Pero su cerebro seguía bailando y bailando, cada vez más rápido. Le entró pánico porque notó que se estaba mareando. Su estómago se contraía. «No falta mucho», pensó. «Puedes llegar, puedes». Se tambaleó y se cayó de bruces. Al chocar contra el suelo, se abrió la mejilla y, al ver la sangre, vomitó en medio del paseo marítimo. Una anciana se paró a su lado. «Niña, ¿te has hecho daño? ¿Te encuentras bien?». Ahí estaba. La gran cuestión. El problema era justamente ese, que no se encontraba. Miró a la anciana y asintió con la cabeza. «Estoy bien, gracias, no se preocupe». Hoy no llegaría. Tenía que curarse esa herida. Quizá mañana. No, mañana seguro.

De verdes y azules

Cuando tu verde se chocó contra mi azul, se hizo el silencio. El pájaro desplegó sus alas y se elevó majestuosamente. Cuando mi azul perdió tu verde, hubo un estruendo que se notó hasta en los lugares más recónditos del globo terráqueo. El pájaro se despeñó y perdió el ala izquierda. Cuando mi azul trató de olvidar tu verde, todo se inundó de nada, quedó hueco. El pájaro se mecía y se agitaba en su jaula de acero. Luego, cada vez que creía haber recuperado el ala perdida e intentaba volar, se daba de bruces contra los barrotes. Una vez incluso se rompió el pico. Entonces decidió que era mejor seguir cantando que no tener ni alas ni voz. Nunca volvió a intentar desplegar sus alas. Aún no entiende que aquel hada bondadosa lo curó. Teme romperse del todo si intenta volar. Al fin y al cabo, la jaula es su hogar y su canto sigue siendo hermoso. Y ya casi no se acuerda ni de tu verde ni de mi azul.

Imagen de Benjamin Lacombe
Marzo 2016

Que viene el lobo



Era de noche. Apenas se vislumbraban algunas estrellas en el firmamento y parecía que iba a llover de un momento a otro. Amenazaba tormenta, y de las que se recordarían por la zona.

Ella iba de camino a casa. Tenía que atravesar un trocito de bosque para llegar. Nunca le había dado miedo, pero hoy era distinto, como si una pequeña sombra se le hubiera metido en los huesos infundiéndole un terror del todo irracional.

Aceleró el paso. Apenas faltaban unos metros para llegar a casa. Dejaría la cesta en la cocina después de haber cerrado la puerta cuidadosamente con llave. Subiría a su dormitorio, se desnudaría y se metería en la cama. Intentaba pensar en su cama cómoda y en la sensación de alivio al tumbarse.

No le seguía nadie, al contrario de lo que se empeñaba en susurrarle la cabeza. Empezó a canturrear como cuando era pequeña y tenía miedo. Con la melodía infantil aún en los labios, llegó a la puerta. Le temblaban ligeramente las manos al buscar las llaves en su bolso. No le seguía nadie. «Cinco lobitos tiene la loba…». Por fin estaba dentro. Cerró la puerta más bruscamente que de costumbre y, apenas hubo dado la vuelta a la llave, estalló la tormenta.

Quiso dejar la cesta en la cocina cuando vislumbró unos dientes muy afilados. 
Llegas muy tarde, pequeña. 
Lo último que vio fueron los ojos ávidos del lobo. Se perdió en sus pupilas negrísimas y jamás regresó.

***


Dijeron: «No te asomes tanto».
Contestó: «No me estoy asomando». 
Y desapareció en la boca del lobo.


Fuente de la imagen

***



Se te desgarra el pájaro en el pecho
solo al pensar en esa voz,
en el primer beso del reencuentro
y aquel temblor que solo comprendiste
a medias.


Ahora hay veces que te cuesta
recordar por qué sigues ahí,
cómo sobrellevar esa sensación agridulce
de tener sin tener y de saber sin saber.
Tu pajarito se agita, a veces violentamente.
Otras, se posa y parece que ha olvidado volar.


Pero ahí sigues,
intentando desentrañar
el significado del misterio.
El misterio eres tú, tesorito, solo tú.

11 de febrero